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miércoles, 20 de marzo de 2013

Casas de escalerilla o escaletes

Fachadas de las escaletes en: plaza Navarros, 4; calle Balmes, 15; calle Pintor Fillol, 1; calle Alta, 30; y calle Sant Miquel, 5 / Carlos Izquierdo García.

Los últimos días del invierno y los primeros de primavera son jornadas ventosas en la capital del Turia. Hace poco vimos desmoronarse algunos monumentos falleros debido al empuje de Eolo y pronto contemplaremos a los niños disfrutando con las cometas durante la Pascua. Ahora que el viento arrecia, os propongo que dejemos atrás la ciudad nueva, las calles rectas de sus barrios regulares y sus plazas abiertas, los espacios en los que Camillo Sitte decía que se forman los más hermosos torbellinos de polvo. Mejor nos adentremos en el casco antiguo de Valencia, donde el soplo del aire no causa molestia alguna, ya que la trama urbana atenúa la fuerza del vendaval que pasa sobre los tejados.

En el abigarrado laberinto callejero del centro histórico es donde se encuentra la tipología edificatoria de la que hoy quería hablaros, un modelo de casa de vecindad sin ninguna pretensión estilística: las casa de escalerilla o escaleta. Estas construcciones populares empezaron a generalizarse en el siglo XVII y se consolidaron definitivamente en el XVIII, ante la acuciante necesidad de densificar la ciudad intramuros para dar cobijo al creciente número de personas que llegaron. En las arterias secundarias del tejido histórico es donde abundaban y todavía permanecen algunos de estos inmuebles plurifamiliares, erigidos sobre reducidísimos solares y destinados al alquiler. Las viviendas pequeñas, oscuras y deficientemente ventiladas que los forman, solían estar ocupados por las clases trabajadoras más humildes.

Frentes de las casas de escalerilla situadas en: calle Baja, 7 y 15; así como en calle Pintor Domingo, 6,14 y 16. Estas viviendas proliferan en viales secundarios y estrechos, que obligan a realizar fotomontajes forzados para obtener vistas de la totalidad de sus fachadas / Carlos Izquierdo García. 

Las casa de escalerilla estaba formada por la planta baja más un número no fijo de pisos, de tal manera que el bajo se destinaba a obrador y gozaba de un portón independiente, mientras que cada una de las plantas solía corresponder con una vivienda. Además de la entrada al taller, en la fachada se abría otra puerta menor tras la cual, sin zaguán ni zona intermedia, arrancaba una escalera empinada que ascendía hasta los hogares. De esta manera los espacios comunes del bloque se reducían al mínimo posible: la caja de la escalera y la azotea (donde se tendía la ropa en aquellos edificios no rematados por cubierta inclinada).

Planta y axonometría de una escaleta tipo publicados en el libro Historia de Valencia, obra de varios autores que fue editada por el periódico Levante y la Universidad de Valencia en 1999. Algunas casas de escalerilla responden casi a la perfección al dibujo, como las ubicadas en: calle Ángel Custodio, 5; calle Quart, 9; y plaza Lope de Vega, 11 / Carlos Izquierdo García.

A finales del siglo XVIII, Orellana describe este tipo de inmueble como: "aquella casa, que no teniendo zaguán, tiene por lo común tan limitado terreno, que desde la misma puerta de la calle comienza la escalera angosta para subir... y aunque antiguamente ésta era en figura espiral o forma circular, enroscándose para arriba a modo de caracol, ya de muchos años a esta parte... se han dado a fabricarlas sobre plano en quadro, llamándoselas de esta forma escaleras a la castellana".

Antes de que los bloques contaran con energía eléctrica, la anella o aldaba hacía las veces de llamador y el montante enrejado de la puerta, así como las pequeñas ventanas situadas en la vertical de la entrada, iluminaban la caja de escalera. Estos tres ejemplos se encuentran en las escaletas de: calle Carniceros, 20 y Baja, 15 / Carlos Izquierdo García.
Exteriormente es muy sencillo reconocer la escaleta: es un edificio de fachada estrecha; en sus bajo se abren al menos dos entradas de diferente dimensión; la menor de sus puertas cuenta a veces con una aldaba y casi siempre con un montante enrejado que ilumina el arranque de la escalera; en la vertical de la puerta pequeña se alinean una serie de ventanas que dan luz a la escalera en cada nivel y a través de cuyos huecos se puede ver la escalera desde la calle; si tiene cubierta transitable, el remate de la fachada se produce a dos niveles, pues el casetón de la escalera sobresale más allá del último piso habitado.

Casa de escalerilla situada en el número 23 de la calle Triador. Según el catastro, se construyó en el año 1900 y sus viviendas son de 65 metros cuadrados. Como se ve, inmediatamente tras franquear la puerta se llega a una escalera tabicada con peldañeado de baldosas y mamperlanes de madera. Su primer tramo se ensancha, rematándose con un escalón de arranque redondo, sobre el que se yergue un pilarote metálico, dando comienzo a una barandilla metálica con barrotes de fundición / Carlos Izquierdo García.

Como se ha comentado, la puerta que daba paso a la escalerilla solía contar con una anella o con una aldaba de hierro fundido en forma de mano cerrada agarrando una bola. Antes de la existencia de los porteros eléctricos, con dicho llamador se golpeaba la puerta un número de veces equivalente al piso al que se quisiera subir. Los vecinos de la vivienda oportuna, desde el descansillo de la escalera correspondiente a su planta, podían abrir la puerta de la calle tirando de una cuerda que descendía por el hueco de la escalera y que, tras pasar por una polea, accionaba el pasador.

El ilustre sainetero valenciano Eduardo Escalante, que vivió algunos años de su vida en una casa de escalerilla, ambientó varias creaciones suyas en este tipo de edificios. Quizá la historia que transcurre en uno de ellos y que más destaca en su producción es La escaleta del dimoni (1874). En ciertos fragmentos de dicha pieza, el autor dejó constancia del curioso sistema que se utilizaba para tocar y abrir la puerta. Por ejemplo, en la escena X los vecinos escuchan cómo alguien llama a la puerta de la calle, cuentan los aldabazos y especulan sobre quién vendrá:
"Nasia¿Toquen baix? (Oyense los golpes de la aldaba).
Rafel. Sí: dos, tres, cuatre; (Contando los golpes) en la habitació de Blaya.
Nasia. ¿Será el novio? (Llegando a la puerta del foro).
RafelVeches.
Barbereta¿Cuántes? (Asomando a la ventana y desapareciendo luego).
Nasia. Es baix, en casa la Rulla.
Rafel¡Escudriñaores!".

Cuerda atada a la barandilla del descansillo del segundo piso de la calle Triador, 23. Desde dicho rellano, los inquilinos de la vivienda de esa planta todavía hoy tiran de la cuerda para abrir la puerta de la calle, evitándose la molestia de bajar dos pisos / Carlos Izquierdo García.

Polea situada sobre la entrada del número 23 de la calle Triador, gracias a la cual la cuerda que desciende por el hueco de la escalera acciona el pasador de la puerta / Carlos Izquierdo García.

También en la escena V del mencionado sainete se hace referencia a las cuerdas con las que, desde cada planta, abrían la puerta de la calle:
"D. Chaume¡Home, dígali a eixe músic que no mos uide el servell! Escolte: aváns que m'olvide, cuant s'en vacha tanque be la porta de la escaleta.
QuicoEixos chics del cueter que viu dalt, tenen el gust de tallar tots el cordells. ¡Son el dimoni! A Don Santos... repare si es pensament: li han mort el gat, ¿pero cóm? nugantli a rabo un cuet aixina".

Por desgracia ya no se conserva ninguna de las escaletes que la pluma de Escalante hizo famosas. Junto a ellas, han ido desapareciendo otras casas de escalerilla menos célebres, cuya demolición ha dado paso a solares vacíos o a nuevas construcciones con mejores condiciones de habitabilidad.

jueves, 21 de febrero de 2013

¿Arco o dintel?

Arco rebajado y asimétrico alrededor del enorme portón de Exarchs, 5 y arco escarzano en Pie de la Cruz, 17 / Carlos Izquierdo García.

Cuando deambulo por el centro histórico, me encanta recorrer algunas arterias principales y encontrarme a ambos lados las puertas de los palacios abiertos de par en par, permitiéndome echar un vistazo a sus patios empedrados o a sus amplios zaguanes, mostrándome una porción de su mundo interior. Pero cuando no tengo la suerte de satisfacer mi curiosidad, entonces me consuelo con mirar los portones que sellan los vetustos caserones: puertas las más de las veces blasonadas, insertadas en huecos en ocasiones provistos de guardarruedas o roderas, con hojas de madera lisas o claveteadas, protegidas o no por chapa metálica en su parte inferior y a veces adornadas por una reluciente aldaba.

Estos batientes de madera están enmarcados por un hueco que, desde el punto de vista estructural, suele ser el punto más crítico de toda la fachada, debido a que es un vano de gran anchura que se abre en la parte baja del frente, debilitando la fábrica allí donde se encuentra más cargada. Al practicar un hueco en un muro, se desvían las cargas que recaen sobre la abertura hacia sus laterales, provocando una sobrepresión sobre las jambas. ¿De qué forma resolvieron esta zona tan delicada nuestros antepasados? Como explicaré a continuación, lo solucionaron de diversas maneras, pero hoy me gustaría resaltar una que me parece especialmente sabia e ingeniosa.

Primero se les ocurriría hacer coincidir en la misma banda vertical de la fachada el portón de entrada y una puerta que permitiera disfrutar de un amplio y ligero balcón en el primer piso. Con este recurso, por una parte consiguieron aliviar parte de la carga que gravitaba sobre el portón, ya que situaban sobre él la perforación de la planta principal y, por otro lado, lograron que el vuelo del balcón alejara el agua de lluvia de la puerta de madera, minimizando las salpicaduras y prolongando su vida.

Después debieron pensar que el material que más garantías ofrecía para solventar este punto crítico era la piedra, ya que tiene una gran durabilidad y una enorme resistencia, por lo que podría asumir sin dificultades las sobrepresiones que se originaban en ambos laterales. El problema era que los pétreos trabajan excelentemente a compresión, pero muy mal a tracción, así que un dintel de dicho material funcionando a flexión no parecía la mejor idea. Por eso se decantaron por cerrar el vano con un arco, tallando piezas de piedra que se acuñaban.

Sus juntas radiales les delatan: el vano de plaza Manises, 4 está rematado claramente por un arco con dovelas recortadas por abajo, mientras que en Pintor Fillol, 7 el hueco se cierra con un arco adintelado / Carlos Izquierdo García.

Por cuestiones estéticas se realizarían variaciones sobre estos arcos, como por ejemplo introducir un moldurado continuo a lo largo de todo el recercado del hueco, tallar sus dovelas de tal manera que el portón tuviese forma rectangular, o incluso convertir el arco en un falso dintel, formado por varias piezas pétreas separadas por juntas radiales. Debió llegar un momento en el que la talla de las dovelas resultaría una labor de cantería complicada y cara, dado que en estas piezas especiales confluían tanto el moldurado como su particular forma de cuña.

Este es el punto en que debió surgir una solución que a mí me parece buena, bonita y barata: la sustitución del arco o del falso dintel pétreo por un cargadero de madera. Las ventajas de este sistema son evidentes: empleo de una pieza leñosa que trabajaba perfectamente a flexión y en la que resultaba fácil labrar las molduras; la estética apenas se ve afectada debido a la unificación geométrica (idéntico moldurado) y cromática (causada por la fotodegradación de la madera) del dintel y las jambas; así como el uso de un material más barato y menos costoso de tallar que la piedra.

Como se aprecia en Moro Zeid, 6, en esta brillante solución constructiva se utilizan los materiales de la forma más óptima: madera a flexión y piedra a compresión / Carlos Izquierdo García.

En Maldonado, 29 se ve que era habitual aligerar el entrepaño situado sobre el cargadero abriendo un ojo de buey / Carlos Izquierdo García.

La exposición continuada de la madera a la radiación solar produce su fotodegradación, que queda patente por el cambio de color de la capa superficial del material hacia tonos grises, como se aprecia en este otro dintel de Maldonado, 29 / Carlos Izquierdo García.

La sutil diferencia entre la madera y la piedra suele pasar desapercibida para los transeúntes, como se ve en este ejemplo en Salinas, 11 / Carlos Izquierdo García.

En Roteros, 18 también se utilizó este sistema / Carlos Izquierdo García.


En Maldonado, 25 existe un largo dintel de madera que abarca los tres huecos de la fachada / Carlos Izquierdo García.

La fortuna de este sistema hace que el observador atento pueda hoy encontrarlo en múltiples fachadas de nuestro casco antiguo. Curiosamente, donde menos desapercibida pasa la solución es en aquellos frentes que han sido recientemente intervenidos, ya que en ellos se le ha devuelto a la madera su tono natural.